El cuaderno de barro

Quienes dicen que Barceló es un mal pintor aciertan, quienes dicen que es un buen pintor también.

Miquel es un inquieto chiquillo en juego y búsqueda permanente y esto hace de él un alquimista con mil experimentos bellos y diez mil muchisimo menos bellos.

En los años 90 encontró un estilo apabullante, vi su exposición en Valencia y tiempo después viaje a Barcelona para entrar de nuevo en su universo. Quedé rendido al encanto de aquella obra mastodóntica.

Después se fue volviendo naif, profundizando en el juego infantil del mocoso que pinta.

Y se atrevió a moldear una iglesia en una isla y a estrellar la cúpula de Ginebra y en el viaje de los últimos lustros lo perdí y por las fotos que veo de las cosas que hace creo que ya no me gusta aunque sé que a este hombre no se le puede juzgar por fotos y que si no te plantas delante de sus entramados no puedes hacerte una idea.


Uno se pierde en la hipnosis, esa es la magia del cine.

El cuaderno de barro muestra a un hombre estrujando la materia, acariciándola, destripándola, cosiéndola, bañándola, pintándola, rompiéndola, rasgándola, descubriéndola, inventándola.


El ARTE es la pintura, lo demás son sucedáneos.

Pintar es intervenir el tratado de la naturaleza con tintes, telas y manos.

Dibujar es pintar en negro o en rojo o abrir con las uñas siluetas en una pared de barro untada de blanco.


Hay que tener huevos para hacer una performance invocando el mito ante gente de la que precisamente lo que mas nos atrae es su naturaleza mítica, auténtica, no recreada.

Y hay que tener huevos para rodarlo.


Se crean monstruos y decorados ante nuestros ojos. Como un guiñol de alienigenas que muestran con naturalidad referentes de su cultura o mejor aún: como dos hombres que juegan a olvidarse de la historia entera que atranca con sus esquemas el tránsito de la humanidad y simplemente toman del barro para investigar destellos internos atávicos.


Los retratos del albino son extremadamente interesantes por el privilegio de contemplar este ejercicio que siendo puramente físico es sobre todo, en esencia, puramente mental porque el instrumento, sea piedra, punzón o derrame de lejía, es un medio para trazar la alquimia de la mente sobre la materia. Y esto es la energía del séptimo rayo, aquello que llamamos magia.


La envidia sana es que cuando este hombre pinta sólo pinta y esa es la mas grande enseñanza. La via del maestro zen: si tienes hambre come, si tienes sed bebe, duerme si tienes sueño. Se puede hacer de todo y hacerlo bastante bien mientras uno dedique atención, lo que implica, al principio: hacer sólo una cosa por vez.

Y en esto sabemos poco por que siempre hay ruido informativo o mental que destroza la eternidad del que imbuido en el momento se ha olvidado del tiempo.


Y esto hay que aprender: hacer lo que uno hace y reinventar la fiesta. El hombre si quiere ser hombre, y la mujer si quiere ser mujer, ha de dejarse de gaitas y hacer lo que le apetezca.

Si no lo consigue, si esta atrapado por ciertos condicionantes, no dejara de ser una recreación humana fruto de interacción social y reducido/a a una máscara.



Dice Miquel:

“La arcilla guarda la memoria de todo, de una caricia, de un golpe, de una marca…

Las primeras escrituras son pequeñas marcas en la arcilla.

La mayoría son facturas y cuentas, pero de vez en cuando aparece un poema.

Y lo más estúpido es que a menudo las has destruido antes de saber descifrarlas.”


Este texto, al igual que esta película, es toda una reflexión sobre la materia y el ejercicio de ver.

Y también es el reverso de Los pasos dobles y aunque sean obras independientes es recomendable ver las dos.

Para acabar un saludo desde aquí al director de producción de estas dos aventuras africanas de Isaki Lacuesta cuyo trabajo es precisamente facilitarle la materia al cineasta para que este pueda jugar con ella.

Un saludo a Luís Gutierrez, excelente profesional y mejor persona.




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